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Enfermos de Pobreza

Mucho hemos escuchado del cáncer, VIH y los ataques cardíacos  como las enfermedades que más vidas arrebatan en nuestros días. Cada cierto tiempo algún virus se convierte en epidemia y toma posesión de los titulares de prensa, pero poco se habla de las vidas arrebatadas por la pobreza.

Hace seis o siete años me tocó vivir de cerca la historia de una señora nonagenaria que murió de gripe. No fue gripe aviar ni nada parecido; un virus de gripe común,  de esos a los  que usted y yo (que no se me quita)  estamos expuestos, cuyos síntomas  espantamos sin mayor dificultad  con alguna fórmula antigripal. Pero un cuerpo viejo, con defensas muy bajas, necesitaba algo más que un simple antigripal. Requería atención médica, quizás un aparato nebulizador para descongestionar sus pulmones, algún suero vitaminado para levantar sus defensas y vigilancia médica constante y oportuna aunque fuera por un par de días, pero no había dinero para trasladarla al hospital y tuvo que luchar a base de medicamentos genéricos, comida de cuestionable valor alimenticio y uno que otro té que le preparaban con plantas medicinales que tenían en el patio;   no fue suficiente.  Se agotaron sus esfuerzos para respirar y una noche murió en una cama tan deteriorada como ella sostenida en cuatro blocks. Dicen que murió de gripe, yo diría que murió de pobreza.



Si hubiera tenido los medios para el tratamiento que necesitaba (que no era nada de otro mundo) quizás hoy estuviera en su mecedora de guano  vendiendo dulces en la galería de su casa como solía hacer. Pero en países como este, donde los servicios públicos son tan malos que hacen de  la sala de urgencias de un hospital un salón aterrador (más por la precariedad que por los casos que llegan), el pobre no tiene muchas opciones.

Como doña Julia hay muchas personas que a pesar de pasar toda su vida trabajando duro, su condición económica  convierte su horizonte en un cuadro difícil de contemplar, y en el ocaso de sus vidas reina el drama, la impotencia y la tristeza.

Las despedidas siempre son dolorosas, pero cuando contamos con un seguro médico que nos permite dar atención digna a nuestros familiares enfermos, un dinerito en el banco para comprar las medicinas y un salario que nos asegura alimentarnos de forma correcta, despedimos a quienes parten de este mundo con el abatimiento del adiós pero con la tranquilidad de que se hizo todo lo posible  para que viviera. En cambio, cuando no hay trabajo, dinero ni medios; solo queda apelar a la misericordia divina para que con lo que se pueda conseguir el cuerpo del enfermo aguante.

¡No es fácil!

En esta situación viven miles de personas en nuestro país, gente que “rinde” la leche de los bebés de la casa con agua de arroz, que  muchas veces mandan sus hijos a la escuela en ayunas  dejándoles a merced de un pan vacío y  del suero de leche  (que a tantos niños ha intoxicado) que provee  el gobierno, personas que hacen magia con un sueldo de operario de zona franca (los que tienen trabajo fijo) para cubrir sus necesidades, pero sucumben ante el acoso de la vanidad que crece en el capitalismo  y terminan repartiendo de forma pésima sus prioridades.

Yo personalmente he visto gente que vive a  orillas del río, pálidos de la anemia por “falta de cuchara” sin embargo alcanzas a ver en el techo se su casita la parábola del servicio de tele cable (que no es gratis)  y tienen electrodomésticos  costosos cuyo pagaré es responsable  de que muchas veces sus hijos vayan a dormir sin cenar.


"El que compra lo superfluo, pronto tendrá que vender lo necesario" Benjamín Franklin 



Esto nos lleva a la raíz del asunto…

Pobreza Mental

De la misma forma que hay personas con recursos limitados pero con pensamiento, trato y principios de lujo, existen aquellos que aunque cuenten con un millón de posibilidades  morirán en la miseria por su pobreza mental.  Esos que dejan que la vanidad se apodere de ellos hasta convertirlos en borregos de los más astutos,  se endeudan adquiriendo cosas  para “llenarle el ojo al vecino” y  les da una especie de ceguera selectiva que no les deja ver lo que realmente necesitan.

¿Se ha fijado alguna vez  en los denominados “nuevos ricos”?  Aquellas personas que aún teniendo dinero, su pobreza mental  los hace quedar en ridículo de forma recurrente.  Casas  de diseño aparatoso, vehículos grandes y lujosos, mucha ropa, abusan del uso de accesorios y al final “El mono aunque se vista de seda, mono se queda”.



El antídoto contra la enfermedad de la pobreza  es indiscutiblemente la educación, el ejercicio de la mente;  lea,  cuestione, piense.  No le garantizo que con esto se vuelva rico, pero si lo hace aprenderá a manejar mejor sus recursos económicos, estará preparado para descubrir y aprovechar las oportunidades que le ofrece su entorno, se rompe el ciclo de miseria que se desarrolla de generación en generación en muchas de nuestras familias y aunque lleve una vida modesta, la calidad de la misma mejorará de forma considerable. 

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