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Papá, más allá de las etiquetas

Hoy hablaré de aquellos que nunca harán alardes de ser el mejor, pero cada día dan lo mejor de sí  para cumplir la responsabilidad que han acogido con una entereza digna del mayor galardón que alguien pudiera otorgar alguna vez. 

En varias ocasiones me ha tocado trabajar con este señor, siempre en  jornadas largas y, muchas veces,  lejos de casa. A las ocho menos cuarto tomaba su celular y llamaba para asegurarse de que sus hijas estuvieran listas para el colegio, hablaba con cada una y les preguntaba si desayunaron, si tenían listos sus materiales de la escuela, señalaba puntualmente las asignaciones particulares en las que había estado trabajando cada una, les recordaba la merienda y se despedía de ellas con un "te quiero hija". A medio día, se repetía la misma historia. Llamaba para preguntar si habían llegado bien, qué tal había sido el almuerzo, si tenían muchos deberes de la escuela para el día siguiente y para conceder o negar algún permiso de salir con amigas en la tarde. Para mí, que era espectadora en aquel cuadro familiar, la escena era tierna y alucinante. 

Son tantas las cosas que inventa la gente ahora, requisitos que rayan en lo estúpido sobre cómo ser un buen padre con intentos "marketinianos" de customizar y comercializar una labor que más tiene que ver con el amor que con cualquier objeto material, porque tales niveles de dedicación jamás pueden ser comprados. 

Para mi era especial presencia todo aquello porque me recordaba mucho a mi papá, la forma en que se ha dedicado a nosotros desde que nacimos hasta estos días. De lejos para permitirnos tropezar y levantarnos, de cerca para hacernos saber que siempre está ahí para nosotros. Recordé las veces en que la profesora tomaba a mi papá como ejemplo de responsabilidad porque nunca faltó a una reunión del colegio, o cuando le robaron el motor que tenía y tomó prestada una bicicleta para no llevarme a pies a la escuela (aquello fue toda una aventura), recordé también las veces en que con una de sus historias nos hacía reflexionar sobre las cosas que habíamos hecho mal y aquél momento en que llegó la independencia de los veinte y pocos cuando me dijo: 
Ya hemos hecho nuestro trabajo contigo, tienes una idea de cómo funciona el mundo y de las cosas de las que te debes cuidar. La forma en que quieras ser vista o recordada, a partir de ahora,  depende únicamente de ti. 
Con aquellas palabras me entregó la responsabilidad de mi vida para que, llegado el momento, pueda ser responsable de la vida de otros. 

Nunca ha sido su intención sobresalir en ningún grupo particular o en reuniones familiares como el experto en crianza, ha cometido muchos errores en el proceso  que ha sabido reparar con sabiduría y nunca ha demandado la perfección de nosotros porque su objetivo no ha sido tener hijos ideales, sino formar personar normales. De esas que para aprender deber perderse en sus propios caminos, sobrevivir a las altas y bajas de la vida, y entender que hay experiencias duras que es preciso vivir para poder mejorar. 

Mi papá no es el mejor. Tiene tantos defectos como cualquier ser humano, pero es imposible para mí pensar en él y no sentir admiración y respeto. Aunque a veces se rinde muy pronto, aunque no haya llegado más lejos en la vida porque en un momento tuvo miedo, aunque su visión a veces se quede corta y aunque tenga yo que cocer para él una capa pegando, como retazos, nuestros mejores recuerdos. Siempre será mi superhéroe. 

Como el señor con quien me tocó trabajar, solo intentaba cumplir con su responsabilidad, y lo ha logrado! El amor que siempre nos ha demostrado a través de su apoyo, sus atenciones y hasta sus más pesadas correcciones, lo han convertido en un padre que supera cualquier etiqueta de marketing, cuya fiesta es todos los días porque nosotros somos su mejor regalo y él es el Mr. Miyagi  que con paciencia  nos ha enseñado a superar nuestras torpezas materializando el concepto de paternidad responsable. 




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