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Fuegos artificiales

Cada vez que conozco una nueva persona, ese primer momento se me queda como una estampa (por eso es que se habla tanto de la primera impresión). Ya sea por mail, por teléfono, en persona. Siempre recuerdo los gestos, las miradas la sensación que causa en mi el nuevo conocido/a. 

Con él, no fue la excepción. Cuanto entusiasmo! Mientras hablaba me quedé mirándolo con detenimiento. Sus movimientos, sus articulaciones, se veía todo tan programado, tan sobreactuado.  Los días fueron pasando y yo lo seguía estudiando. No es extraño encontrarse con personas que te hagan un papel para caerte bien en un momento, pero luego se les cae, o dejan caer, la careta. Lo que llamaba mi atención de él es que siempre estaba metido en personaje, con todos. 

Un día me convoca a una reunión y pensé que era una oportunidad maravillosa para continuar mi particular investigación. Me empieza a presentar unas ideas y en los primeros cinco segundos empiezan los "fuegos artificiales". toma un banco, se sienta en frente con pose "relajada", hace ademanes que podrían interpretarse como muestras de seguridad, se pone de pie y continúa con su magna exposición de una tontería. 

Al final, me dice que me va a poner en contacto, vía mail con una persona relacionada con la propuesta que me presentaba y en el correo noto algunas deficiencias que no se corresponden con la "espectacularidad" de sus ideas, con los fuegos artificiales. 

En esa misma conversación me comentó que ha desempeñado muchas funciones en su ejercicio profesional, entre ellas, había sido vendedor (imagino que muy bueno). De repente, todo cobró sentido.

Es increíble el lavado cerebral que le hacen a las personas en algunos puestos de trabajo. Tanto, que cambian de trabajo pero se quedan con esas actitudes, con las articulaciones con los "fuegos artificiales" que ponen los vendedores al sus artículos para impresionarte a tal punto que hagas la compra sin meditar, mareado, creyendo que has adquirido la última Coca - Cola del desierto. 

Lo peor es que esto no solo se limita a las ventas, o al efecto prolongado del entrenamiento de mi nuevo conocido en su antiguo empleo. Nos hemos acostumbrado a ese show, a envolver en tul la cotidianidad para que parezca mejor, para parecer mejores nosotros, para vivir de la venta de sueños. Nos van a echar a perder la magia de las grandes cosas.



Cada 31 de diciembre me subía al techo de la casa para ver los fuegos artificiales de la ciudad. Era emocionante porque representaba el momento que marca la transición de un año a otro. La resignación ante las metas no cumplidas y la esperanza de que mejores cosas estaban por venir, era celebrar una nueva oportunidad y páginas en blanco para escribir una nueva historia. pero si insistimos en poner a todas las cosas la solemnidad de las ocasiones que es preciso recordar con fuegos artificiales, aquellas luces perderán su impacto en nuestras emociones, dejará de ser especial. 

Todo es necesario en la vida, y para hacer ver, a quien sea, que algo es importante. No hay necesidad de vestirlo de grandeza. Lo simple también es encantador, siempre y cuando sea verdad. 

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